Una red de apoyo para crecer
En el Zoológico de Zúrich, en 2020, una elefanta en cautiverio dio a luz a su cría y, casi de inmediato, fue atacada por su propia madre(1). Los expertos explicaron que, en cautiverio, las condiciones de vida son extremadamente antinaturales. Estos animales, tan sociables e inteligentes, no pueden satisfacer sus necesidades de ejercicio ni escapar de una rutina diaria marcada por el aburrimiento y la frustración. Por eso muchos elefantes en zoológicos desarrollan trastornos de comportamiento.
Además, en su vida natural, los bebés elefantes nunca son cuidados únicamente por la madre. El cuidado de las crías es una tarea compartida: toda la manada participa en protegerlas y guiarlas(2). Su fuerza no reside solo en su tamaño, sino en su unión y profundo sentido de familia.
Esta elefanta, mamá primeriza y sin la guía de una manada, probablemente se sintió incapaz de criar a su hijo, que a su vez percibía la frustración de su madre. Y nosotros, como hombres que educamos en el hogar, ¿cuántas veces nos hemos sentido solos, lejos de nuestra propia “manada”? Y nuestros hijos, ¿se sienten realmente conectados con nosotros?
Aquí surgen dos reflexiones. La primera es que los padres necesitamos de otros padres para enfrentar la enorme tarea de cuidar, acompañar y proteger a nuestros hijos. La segunda es la urgencia de reconocer cuánto requiere un niño sentirse vinculado emocionalmente con nosotros: es vital para su desarrollo, su bienestar e, incluso, para su “sobrevivencia emocional”.
El apoyo mutuo entre hombres, contar con una red, una tribu, una comunidad, suma a nuestra familia. No significa que tengamos que ser amigos de todos los papás; significa buscar coincidencias, formas de hablar y de cuidar que se acerquen a las nuestras. Apoyarnos implica entender que todos llevamos pequeñas luchas que, a veces, nos rebasan. Ser apoyo empieza al compartir lo que nos ha funcionado y también lo que no. Ayudarnos entre familias, ya sea desde la mesa de la cena o en un momento de juego, con palabras amables o gestos sencillos, puede hacer una enorme diferencia. Y esa diferencia repercute directamente en nuestros hijos.
La segunda reflexión se hace aún más clara al imaginar la tristeza de un elefante separado de su madre: nos recuerda lo esencial que es estar cerca de quienes más amamos y necesitan nuestro cuidado. ¡Qué importantes somos para nuestros hijos! A veces abruma mirarlos y descubrir tanta ternura, tanta necesidad y tanta dependencia. Los pequeños —y también los adolescentes— necesitan sentirse buscados, deseados y sostenidos, no solo con presencia física, sino también con el corazón. No importa si creemos ser “buenos” o “malos” padres; lo que ellos necesitan es sentir nuestra cercanía. ¡Qué gran responsabilidad y, al mismo tiempo, qué regalo!
Recordemos que no estamos hechos para criar en soledad. Así como los elefantes encuentran su fuerza en la manada, nosotros podemos encontrarla en nuestra comunidad, en la escucha y en la presencia mutua. Y, sobre todo, aprendamos a generar la cercanía que necesitan nuestros hijos cada día. Porque al final, la verdadera fortaleza de una familia nace de la conexión, el acompañamiento y el amor que elegimos ofrecer.
Alexandro Moreno

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